
| En la plaza de un pueblo, durante las fiestas, habían puesto una cucaña. Al final del palo bien enjabonado para que fuera difícil el subirlo, había clavado un papel. Todos pensaban en el premio que estaría escrito en ese papel valdría la pena el esfuerzo, así es que tras intentarlo una y otra vez varios mozos, uno consiguió finalmente llegar hasta el papel y arrebatarlo entre los aplausos de todos. Lo leyó y ponía: “Aquí se acaba este palo”. Lo que tendremos que ver y posiblemente padecer, de aquí en adelante, si no fallan nuestras observaciones, por el desdichado sentimiento de la trascendencia. Mucho más si tenemos en cuenta que algunos solo ven en la vida el fatídico papel del final de la cucaña con el palo enjabonado, sin ser capaces a pesar de los años y las canas que peinan de vislumbrar con claridad que el papel puede tener la fatídica frase: “Aquí se acaba este palo”. Y nada más. Tener el sentimiento de trascendencia es humano y es legitimo; Pero ese interés y el orgullo personal que a veces nos invade y nos traiciona. No debe ser la tabla de salvación donde aferrarnos, si con solo mirar el palo enjabonado podemos percibir que nuestra capacidad para llegar al papel, tiene dificultades insalvables. Es preciso apreciar esa dificultad, si no queremos sufrir el fracaso, si no es así, sepa y entienda el que se equivoque, sintiéndose alegremente empujado por otros en los primeros tramos, que las dificultades vienen después cuando el que quiere subir se queda solo y le faltan fuerzas para llegar al premio. Después, añado, sabemos todos lo que hay escrito en el papel. “El final del palo.” Nadie piense o diga después, yo pensaba, creía, estaba convencido que esto no era así, pues demasiados artículos con sus mensajes ha recibido desde aquí. EL ANALISTA. |






