martes, 30 de septiembre de 2008

REALISMO SOCIALISTA Y FRANQUISTA



Un emperador bajito y malformado llamó al pintor con mayor prestigio del condado a fin de que inmortalizara su deplorable estampa. Poco después de ver el resultado, el dictador mató al autor. Consideró que era un insulto que lo hubiera pintado tan enano y deforme. Sin embargo no desistió, porque un déspota que se precie, necesita un retrato. Hizo buscar a otro artista plástico. Éste, que era conocedor de la suerte de su colega, representó a un hombre alto y esbelto. También lo mató por no ajustarse a la realidad. El tercer retratista que fue instado a representar a su excelencia estuvo pensando la manera de salvar el cuello. Tras pensar durante mucho tiempo decidió retratar a su rey sobre una roca a modo de pedestal y cubierto elegantemente con una enorme capa. Ni se apreciaba su estatura ni sus bultos. Al hombre le pareció algo sublime y premió al artesano con todo tipo de regalos.

Este cuento es una metáfora con la que Ginne Paolo Bianchini, en clase de Historia de la Comunicación Política, nos explicaba el estilo artístico de la Rusia Stalinista llamado realismo socialista y que se convirtió en doctrina oficial. 

Franco y Millán. Estos son los de !Viva la muerte, muera la inteligencia!

Algunos que prefieren estar antes partios que doblaos parecen salidos de aquellos hornos y así les va, sin que sean capaces de reaccionar para darse cuenta que el mal llamado realismo socialista de la Rusia Stalinista, es en realidad una doctrina fracasada que solo les reporta odio y ánimo de venganza, que lamentablemente siguen transmitiendo conjugándola con la otra funesta doctrina, la llamada, sufrida y padecida  durante los negros 40 años de dictadura franquista.  Ambas nefastas y asesinas dictaduras, carecen hoy de todo realismo para la inmensa mayoría y por el contrario viven  el sueño y el olvido en la caverna de los más grandes y nefastos despropósitos de la historia del siglo pasado; Sin embargo, siempre hay quien le gusta o le apetece emular viejos tiempos, aunque esté demostrado que estos fueron realmente macabros.

Es preciso señalar: Que no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que se niega a ver.

EL ZAPATAZO.

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